04/18/2014 - 09:04

Cómo salirse con las suyas casi siempre

Quedé sorprendido con el ensayo de la primera mesa redonda de Sulfikar Amir, porque cuando el público indonesio, ante el temor de un desastre nuclear de la índole de Fukushima, exigió que el programa nacional de electricidad nuclear fuera recortado, sus demandas fueron satisfechas casi en su totalidad. Es difícil imaginar que la opinión pública pudiese forzar al gobierno pakistaní o indio a cambiar los planes de la misma manera. ¿Por qué? Porque ambos países están aferrados a las armas nucleares. Porque en ambos países, la llama del nacionalismo nuclear nunca deja de quemar. En ambos países, los programas civiles de energía nuclear que carecen de transparencia proporcionan la vía necesaria para materializar las ambiciones nacionales de armas nucleares. En este tipo de ambiente, las decisiones sobre temas civiles nucleares no se toman de manera razonable y transparente, y por lo tanto, no puede esperarse que haya algún cambio pronto.

Un ejemplo concreto es la reciente decisión de las autoridades pakistaníes de instalar dos reactores, proporcionados por China, cerca de Karachi, hogar de más de 1 de cada 10 pakistaníes. Las autoridades afirmaron que la seguridad nacional estaba en peligro y por lo tanto el público no podía participar en la toma de decisiones (aunque se debe admitir que sólo una pequeña parte del púbico se mostró preocupada). Una evaluación de impacto medio ambiental fue aprobada por personas innombrables pero elegidas específicamente y convocada apresuradamente para cumplir con formalidades legales. Un funcionario de la Comisión de Energía Atómica en Pakistán a cargo del nuevo proyecto del reactor en Karachi dijo ante la prensa, "Le pedimos [a la Agencia de Protección Medio Ambiental de Sindh] que no sostuviera una audiencia pública debido a la política internacional". Aparentemente esto significaba que la cooperación nuclear con el gobierno chino superaba cualquier otra consideración. De la misma manera, a los académicos de universidades pakistaníes les han negado en el pasado el permiso, por razones de seguridad nacional, para verificar los niveles radioactivos en las minas de uranio, de las cuales sospechaban las comunidades locales de ser un riesgo para la salud.

En la India, los medioambientalistas han tenido algo de éxito movilizando a los manifestantes antinucleares, notoriamente en temas de adquisición de terrenos, y el desastre de Fukushima dio arranque a los grupos antinucleares como el Konkan Bachao Samiti y el grupo gandhiano conocido como la Alianza Nacional del Movimiento de la Gente. Aunque los activistas indios reúnen a unos cuantos miles de manifestantes de vez en cuando, notoriamente en las ubicaciones de los reactores nucleares Kundankulam y Jaitapur, no han tenido victorias significativas. Nada remotamente similar a movimientos tales como Desarme Nuclear de Europa o la Campaña para el Desarme Nuclear con sede en el Reino Unido han surgido en la India. El instituto para Estudios y Análisis de Defensa, un think tank conservador indio, ha utilizado estas palabras desdeñosas en su sitio web: "Un movimiento antinuclear en la India no pasaría de ser un movimiento mayormente insignificante con esfuerzos esporádicos dependiendo del tema actual, la ubicación en cuestión y los partidos políticos involucrados". Lamentablemente, esto parece que es cierto.

Para las entidades globales nucleares esto es una melodía agradable de escuchar. En la mayor parte de Occidente (y ahora en Japón), el desarrollo de la electricidad nuclear se ha enfrentado a varios obstáculos debido a que las poblaciones son altamente participativas y están al tanto de la situación. Pero en muchos países en vías de desarrollo, en especial aquellos que poseen o quieren obtener armas nucleares, no existe dicho problema. En países como estos, "crear aceptación pública" (como lo indica el título del segundo ensayo de la mesa redonda de Yun Zhou) sería fácil. El público adoctrinado sobre las virtudes de las armas nucleares permite que las entidades nacionales de energía atómica se salgan con las suyas casi siempre. Los subsidios públicos son distribuidos para la energía nuclear, pero se esconden por razones secretas, y por lo tanto, se excluyen de los costos verdaderos de electricidad. Las entidades nucleares no tienen la obligación de revelar sus planes para la gestión de desastres, ni comprobar la idoneidad del plan, ni desarrollar esquemas para la mitigación de impactos medio ambientales, ni educar a la población sobre los riesgos de la radiación. Estas entidades, que trabajan casi sin ser cuestionadas, no creen que es necesario defender la energía nuclear de las tecnologías de energía alternativa. Las burocracias, cubiertas de capa tras capa de secretos e invocando leyes de secreto oficial pueden seguir escondiendo de la mirada del público su atroz ineficacia e incompetencia.

Sin importar qué tan segura o insegura sea la energía nuclear en el Occidente, está sujeta constantemente a las objeciones de una ciudadanía preocupada. Pero la energía nuclear en las sociedades menos abiertas permanece como un tema poco transparente e inmune al escrutinio del público. Bajo dichas condiciones, debe esperarse menores estándares de seguridad. Quizá se necesite más de un desastre como Fukushima para cambiar esta situación.